Hoy me pongo en modo nostálgico para contaros acerca de mis comienzos en la profesión. La misma en la que pronto me di cuenta de que el tema de la conciliación laboralera una gran mentira.

Desde mis tiempos en el Diario de Ávila, en los que entrar a las 10 de la mañana a currar y salir a las 20.00 horas yo lo consideraba un auténtico lujo, conciliar, lo que se dice conciliar, muy poquito.

TRABAJAR SIN HORARIO FIJO

Pero esa época no fue la peor. Al fin y al cabo había más o menos un horario. Extenso, sí. Pero un horario. Y, a menos que se complicara la cosa por una noticia de última hora, no había por qué preocuparse. Solía salir a tiempo, aunque mi hora fuera, como digo, las 20.00 de la tarde.

La época peor fue la de mis comienzos en el periódico gratuito Qué! Ahí mi horario de entrada también eran las 10.00 horas, pero el de salida era como la famosa caja de bombones de Forrest Gump, nunca sabía lo que me iba a tocar. Y esa incertidumbre era matadora.

JORNADAS DE HASTA 11 HORAS DIARIAS

Recuerdo que hasta dos veces me hicieron soplar en un control de alcoholemia de madrugada. Y no porque saliera precisamente del bar, no. Salía de una redacción que al principio ciertamente parecía un bar por el fumeteo de todos mis compañeros. Pero desde luego no volvía de divertirme con unas cañas, sino de haber completado jornadas laborales que de media duraban unas 10 y a veces hasta 11 horas sin exagerar. Y sin cobrarlas.

Y con un dolor de cabeza que precisamente no me había provocado la resaca del gintonic. Lo había provocado la cantidad de vueltas que tenía que dar a cada bolo que rellenaba.

ABANDERANDO LA CONCILIACIÓN

Pero la parte más surrealista fue cuando las cabezas pensantes de entonces decidieron que nos íbamos a convertir en el medio de referencia de la lucha de la conciliación laboral. Sí. Los mismos tipos que a las 21.30 horas decidían que las dos páginas en las que habías estado currando durante nueve horas no valían ni para envolver el bocata de sus hijos. Y había que empezar un tema de apertura de cero.

Pero eso sí. Eran los mismos que nos animaban a buscar testimonios por Europa y el mundo sobre lo maravilloso que era salir a las 17.00 horas de trabajar. Y nos tenían buscando expertos que avalaran su teoría de que «conciliar es posible» y toda esa farsa que nos convertía a nosotros, los periodistas, en los tontos mayores del reino. Os juro que nunca me sentí más idiota que en aquella época.

Y CON INTERNET LA COSA FUE A MEJOR

Afortunadamente los tiempos cambiaron y trabajar por turnos parecía ser una realidad en el mundo digital. En cuanto me embarqué en la aventura de la página web del medio, sí parecía haber una silla caliente que sentaba culos distintos en función de la hora que fuera.

Por fin supe lo que era tener un horario fijo de entrada y uno de salida. Y si había que echar más horas por un tema que mereciera la pena, se echaban con ganas y gusto, porque sabía que lo que hacía años era la regla, en este caso era la excepción.

Por fin supe que conciliar era posible y podía animarme a pensar en un idílico futuro en pareja y con hijos, aunque eso a la larga creo que también me pasó factura.

PERIODISTA Y MUJER, DOS CAMINOS

Hoy en día las mujeres periodistas tenemos dos caminos a elegir: renunciar a la progresión en el trabajo o renunciar a la maternidad. O no renunciar a nada, lo que la mayoría elige sin posibilidad alguna de conciliar.

ACERCARNOS A EUROPA

El día que nuestras políticas laborales nos acerquen un mínimo a la realidad europea y protejamos la maternidad como hacen en otros países hermanos, entonces sí que dejaré de pensar que eso de la conciliación es la gran patraña.

Mientras tanto, los periodistas, desde jornadas interminables con sueldos miserables seguiremos siendo el adalid de la conciliación. Aunque en el fondo eso sea más falso que un duro de madera. Ahí queda eso.